segunda-feira, 28 de março de 2011

O retorno do Homem Revoltado ou o fim da Razão Cínica?



Segundo o filósofo alemão Peter Sloterdij, a Europa deve evitar atitudes niilistas e sim buscar um sistem de valores. A razão cínica, para o filósofo que teve grandes debates com Habermas nos anos 1980, mudou o mundo ou mundo mudou a ironia? É essa ironia na linguagem ou a radioatividade das ideias que fez acabar o cinismo? A entrevista é de 2008 e publicada em 2009, mas certamente tem seu teor reflexivo e mais do que nunca contemporânea diante dos acontecimentos mundias. Assim como o Século XXI, tirando a religiosidade fanática dos princípios morais e de distinção dos eventos "espetaculares" das diferenças expostas na cor da camisa, dos olhos, das insígnias e bananas jogadas nos gramados, o mundo continua um pouco como Camus pensara, "Eu me revolto, logo existimos." Eis a entrevista que saiu no Filósofos.Org

"Vamos agora que o abismo da História é grande o suficiente para todo mundo." Paul Valéry, La crise de l'esprit

Autor de obras como la monumental Esferas, protagonista de una célebre polémica con Habermas en torno al humanismo, Peter Sloterdijk (Karlsruhe, Alemania, 1947) es hoy uno de los pensadores más rigurosos e influyentes con una destacada presencia mediática.

Carmen Rodríguez Santos

Catedrático de Filosofía, brillante analista de Nietzsche y del legado de Heidegger, de amplios y variados intereses (música, literatura, psicoanálisis, arte), Peter Sloterdij consiguió que en los años ochenta su Crítica de la razón cínica se convirtiera en un best-seller. Dirige, junto a Safranski, el programa televisivo El cuarteto filosófico. Participa frecuentemente en congresos y encuentros en nuestro país. El último, «Valores en España y Europa», fue organizado en Madrid por la Fundación Bertelsmann.

¿Ha cambiado mucho en los últimos tiempos el papel de los pensadores?

No en los últimos años, ya que desde el siglo XVIII la función del filósofo había cambiado radicalmente. Antes, durante mil años, el filósofo fue un filósofo monástico. Por decirlo así, un hermano del monje. La sabiduría era tarea de unos pocos, igual que la vida monástica. En el XVIII surge un nuevo tipo de filósofo, que le cuenta a sus contemporáneos la historia que están viviendo en común. Aunque en los últimos cincuenta años la filosofía ha estado excesivamente dominada por el mundo académico, los pensadores reavivan hoy ese mismo diálogo con sus contemporáneos sin excluir ni acomplejarse por su presencia en el mundo mediático.

Pero hubo un momento en que pareció querer apartarse, ¿qué significó para usted su contacto con la India?

Los que tenemos en torno a sesenta años pertenecemos a lo que llamo una generación desheredada, una generación sin padres. Muchos cayeron en la amargura, pero también podía verse esa situación como una oportunidad para construir desde cero, para establecer nuestro propio orden simbólico. Había que buscar algo diferente en otros lugares. Y la India era un buen lugar. Hice ese viaje en un momento en que mi generación era escéptica respecto a Europa, sobre todo por el suicidio que había cometido con el fascismo de izquierda y de derecha. Soy enemigo de la palabra «totalitarismo». Hay que hablar de fascismo puro y duro. El comunismo es un fascismo de izquierda y nunca he entendido que el término «fascismo» se aplique sólo a uno de los dos lados. Cuando fui a la India se trataba de encontrar algo novedoso, y era una etapa lógica para un joven alemán como yo, que pretendía construir un orden simbólico nuevo. Una etapa que estaba en relación con algo psicoanalítico de la búsqueda del padre. La generación desheredada buscaba un padre que no fuera ridículo y que no fuera un criminal.

Un escepticismo hacia Europa que quedó superado...

A comienzos de los años noventa empecé a formular una narración sobre Europa, y creo que esa narración hay que volver a repetirla una y otra vez a todos los que participan en el experimento europeo. El discurso sobre Europa en estos momentos siempre termina diciendo que Europa es una diversidad en la unidad y esto se repite hasta la saciedad, hasta que de alguna manera todos caen en un profundo sueño. En realidad, los políticos que defienden a Europa no saben qué decir. Esto lo sé por propia experiencia, a raíz de más de veinte años de conversaciones con políticos metidos en materia europea. En el libro que escribí sobre el Viejo Continente, Si Europa despierta, narré sólo la mitad. Analicé los años de parálisis provocada por lo que yo denomino confusión existencialista. Era fundamental el análisis de la época de la postguerra, llegando a la conclusión de que Europa en la postguerra era como era, pero esa época forma parte del pasado y la identidad que debe poseer ahora Europa no se puede derivar de la identidad que pudo surgir después de 1945. Ahora se trata de abordar otra historia de Europa. Hay que tener en cuenta que Europa es una gran estructura, una estructura postimperial en la que viven unos 500 millones de personas y, para hacer una comparación, en el Imperio romano eran aproximadamente unos treinta o cuarenta millones, y sin embargo Europa hoy no tiene un estatus político bien definido. No es un imperio, y no tiene una política exterior imperial, no puede tener colonias. Sus emisarios deben ser embajadores, sobre todo embajadores de su cultura. Teniendo en cuenta esta nueva realidad, es como hay que abordar la actual situación e Historia de Europa.

¿Debe defender esa Europa unos valores propios?

Ante todo, Europa debe evitar el nihilismo, para lo cual tenemos que crear y fomentar un sistema de valores. El problema sería que esos valores no tengan un peso, una entidad real. Si los valores no garantizan lo que aparentan ser estamos ante un mundo en el que las personas se comportan de manera nihilista, o, cuando menos, indiferente, e incluso pueden recurrir a la violencia. Si un euro no es en realidad un euro, y el amor no es el amor, de qué nos vamos a fiar. Por eso hay que velar para que las virtudes no pierdan su valor y su reconocimiento colectivo. Si virtudes como la puntualidad o el trabajo bien hecho no tienen ningún tipo de recompensa, los hombres caen en el nihilismo, en una situación en que dudan de que su comportamiento tenga sentido. Creo que la cuestión de los valores la podríamos resumir en una frase bastante lapidaria: hoy todo el mundo busca gente que no sea egoísta. Y esa persona no es egoísta porque cree totalmente en el reconocimiento de las virtudes. De ahí que en estos momentos sea decisivo hacer que los valores posean una entidad real y un verdadero reconocimiento.


Publicado originalmente en ABCD las Artes y las Letras, 2-5-2008, este documento tiene copyright.

Foto: Helena Caruccio